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un cuaderno en Nueva York

Un cuaderno en Nueva York (V)

La gente se agolpa en Washington Sq. pero nadie sobra. Algunos nos aventuramos a los espacios secos que se adivinan en los peldaños de su fuente: ocho explosiones de agua que dejan entre ellas ocho huecos donde apreciarlas.

Como siempre, diez minutos parecen más que suficientes.

La prisa corre por las venas de los neoyorquinos como un tren de metro alocado. Nadie reposa ni descansa. Se sienta, contempla y anda.

Las gotas a veces llegan hasta el cuaderno. La tinta juega con ellas.

La gente viene, mira y se pira.

Entre nubes y claros, una chica preciosa se inclina a ‘lavar’ sus manos en la fuente. Es para que la miren. Todos miramos. Los demás se van. Yo me quedo mirando. La chica se va.

Me quedo pensando.

Un cuaderno en Nueva York (IV)

Manhattan está viva por dentro. Son pocas las calles sometidas a los temblores de su nefasta línea de metro, pero las importantes suelen vibrar desde las azoteas de sus enormes rascacielos hasta las alcantarillas contiguas a los túneles que atraviesan sus trenes. Esos que parecen estar a punto de desmoronarse.

Mientras escribo, Columbus Circle está a punto de despegar hacia el cielo. Como si la NASA tuviera un proyecto secreto y esta esquina de Central Park tuviera un mecanismo de acero.

Cada noventa segundos contados el suelo tiembla de nuevo.

Quizá esa sea la razón por la que nadie es capaz de pasar más de quince minutos sentado. El traqueteo del metro te recuerda que, por muy bien que estés en ese momento, algo maravilloso ocurre en otro lugar de la ciudad. Nadie parece estar dispuesto a perderse nada.

Columbus me obliga a pensar en ‘el Colón madrileño’. Poco que comparar; este es mucho más pequeño. La mejor de las esquinas del parque sin duda, con un algo que no sé explicar del todo.

Quizá sean las vistas a Broadway o a la 7ª Avenida. Quizás la luz y la vida que se quieren escapar por los callejones y los reflejos de una Times Square escondida.

Maravillas amarillas que surgen de una fuente incontinente. Temblores que salpican vidas y bombillas sumergidas.

Un cuaderno en Nueva York (III)

Son muchos los neoyorquinos que corren. Poco o nada tienen que ver los habitantes de esta ciudad con los demás estadounidenses que pude conocer fuera de ella.

Me llaman especialmente la atención los corredores de Central Park. Resulta como si siempre estuvieran allí. Uno entra y sale del parque, pero nunca se les ve entrar o salir mientras uno lo hace. Forman parte del parque, como las ardillas y los mapaches…

Las carreteras cercenan el parque. Te hacen imposible olvidar que, aunque entre los árboles, sigues en una gran ciudad. Estos caminos negros están preparados para coches y bicis, pero todos han ascendido en la escala.

Los corredores corren por el carril bici, las bicis pasan por todo el medio (por donde deberían conducir los coches) y, los coches, han desaparecido en el aire; como el De Lorean.

Corredores y ciclistas parecen huir de algo. Todos en la misma dirección. Imposible no mirar detrás; por si acaso huyeran de algo de verdad de lo que tú aún no te has percatado…

Puede que intenten escapar de los puestos de comida que abarrotan las calles y se hacinan en las esquinas. Quizá por eso no salen del parque. No encuentran la salida.

Un cuaderno en Nueva York (II)

¿Sabéis qué son esos números?

-Mmmmm… Sí. Presumíblemente son los soldados que están muriendo en Irak.

- No, venga. En serio.

- ¿En serio? Son las hamburguesas que se están comiendo en el mundo a tiempo real.

- Nadie lo sabe por lo que veo.

- Puede que sea una suma de las dos cosas: los muertos en Irak y las hamburguesas que se están haciendo en el mundo. Puede que haya alguna relación en eso.

En tres ocasiones preguntamos a pie de calle el significado de esos números que bailaban arriba y abajo por los extremos de una pantalla iluminada en Unión Square, en Manhattan.

Nadie lo sabía.

Las únicas respuestas que conseguí fueron las que os presentó ahí arriba, las cuales nos las regalaron una sonriente pareja un tanto bebida, que por lo que se deduce no se sienten muy americanos.

Los números que se mueven en esa pared son parte de la obra ‘Metrónomo‘. Un reloj que desde 1999 mide el tiempo que ha pasado desde media noche, y el tiempo que queda hasta la siguiente.

Miles de neoyorquinos pasan bajo esos número preguntándose qué será lo que significan.

Un cuaderno en Nueva York (I)

Son muchas las partes de mi ser que se afanan en creer que este es el viaje más importante de mi vida, el cual simplemente se va reencarnando. Puede que una tercera reencarnación perfecta sea hacer este viaje solo. Lo cierto es que tanto la ciudad como yo estamos deseosos de que nos dejen a solas. Como si nos diera vergüenza que nos vieran de la mano. Como si el sentido estricto de las cosas fuese caminar el uno sobre el otro sin ser visto.

El Sol se cuela entre las nubes de Manhattan porque llueve. Lo hace porque es domingo. Lleva tres días lloviendo y se lo agradezco. Cada pixel que cae del cielo. Podríamos ser muchas cosas y ninguna.

¿Cuánto tiempo puedo estar sin escribir? A veces me da miedo dejarlo durante demasiado tiempo como para que, al retomarlo, todo sea demasiado desde dentro. Es mejor así, poco a poco.

Es cierto eso que dicen. Nadie viene a conocer Nueva York. Se viene a reconocer la ciudad.