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Historias pixeladas

Personas

Hoy he visto sonreír a una compañera gracias a la felicidad de alguien. Como los bostezos, va a ser verdad que ser feliz se contagia. Ana era feliz porque Gloria, la azafata de Iberia que vive con once drogodependientes, había recibido varias donaciones gracias a su artículo.

Gloria era feliz por recibir de alguna forma el calor de la gente que, aunque no la conoce, de algún modo quieren que ella y su causa sigan su curso. Yo era feliz por ver feliz a Ana; pero todo se quedó en mí.

La historia de Gloria era merecedora de terminar en un libro, más que en un artículo. Aunque gracias a las líneas escritas por el momento Gloria saldrá por la tele. Quizá sea verdad que el papel requiere otros tiempos.

Al pensarlo surgió en la mente aquel poema que escribió la periodista de The New York Times, Tina Kelley , y sobre aquello de lo afortunados que somos los periodistas por poder presenciar la vida en primera fila. Yo estuve con Ana en esa casa y pude conocer, ver y oler las historias que se apilaban en sus literas y las estanterías. Vi con mis propios ojos que es posible acoger a once toxicómanos de la calle y formar un hogar.

Escuchas. Preguntas. Anotas. Haces fotos. Te emocionas. Descubres. Lloras… El problema viene cuando llega la hora de ir a casa y ya no quedan historias que contar; y que tapen eso en lo que hace tiempo que no te permites pensar. Dichosa felicidad.

Regreso

Caminaba despacio. Chispeaba en lo que es ya una locura climática para esta ciudad que sólo conoce seis meses de invierno y otros seis de infierno. Me encontraba de regreso a casa con la idea de comer; después de una rueda de prensa que ha terminado con preguntas en las que mis colegas sólo se interesaban por cuestiones que sólo les interesaban a ellos.

En el cruce que corta la Calle Doctor Esquerdo con Sainz de Baranda acostumbro a asomar la vista hacia las cajas y cartones que sirven de guarida para un vagabundo alcohólico; quizá porque la primera vez que le vi se encontraba masturbándose panza arriba en plano parque a plena luz del día. Hoy no estaban sus cajas. Sólo dos botellas de Pespi y un ramo encharcado con lo que parecían doce rosas rojas.

Dos pasos al frente y esquivo el carrito de una mujer barrendera con capucha. Está parada porque pretende hacer un descanso para el cigarro. Abre el paquete y tira el precinto al suelo. Mientras, con la pierna sujeta un carro con dos cubos de basura. Uno de ellos transporta una escoba y un recogedor desgastado.

Llego al portal de casa y observo estupefacto a una chica joven, china, sujetando dos bolsas de la compra y a la espera de que le abran con el telefonillo. No vive en mi edificio; ha venido a traerle la compra a la vecina del primero derecha. Esa a la que a veces le bajamos la basura. La pobre permanece atenta a la escalera esperando a que alguien pase para poder deshacerse de ella. Hace unos meses que no puede bajar ni al portal.

Debería escribir lo antes posible sobre la rueda de prensa en que he estado. Primero comeré algo.

Día cuatro

Y entonces voy y lo estropeo diciendo algo estúpido como “qué pensaste cuándo…”, sin ser Sinatra. Ahora es cuando mi fe, en lo que creo que provoco, poco o nada se parece a lo que ocurre cuando viniste con esa sonrisa.

Por qué viniste. Quiero saberlo. Podía haber sido de otra manera pero la lluvia alteró el marco y se volvió perfecto. Lo que quisiste hice. Lo que quise se hizo. ¿Tú qué hiciste? Las respuestas deberían llevar marcas de colores para no ser mal alimentadas con sensaciones ocultas.

“Voy a verte” en azul no es lo mismo que “quiero verte” en verde.

Quererte es un arcoiris con toda la gama gris. Lo mejor de quererte no es tenerte, es conseguirte; y lo mejor de conseguirte… quién sabe.

Estoy rodeado por un desorden organizado. Meticulosamente desatendido para tener el atractivo justo con el aroma necesario. Lo que sea con tal de parecer independiente y ser aquel en el que reside un vacío de desamparo y necesitasidad edulcorados. Como un gato hambriento y desaliñado que pasa sin mirarte e indiferente por tu lado, mientras comes pescado crudo servido en pequeños bocados.

Si me respondes y vienes, qué significa.

Si estás 10 horas conmigo, qué te conmueve.

Si tienes brazos y frío, qué te detiene.

Si finjo no estar contigo, quién me alimenta.

Puedo finjir diez mil veces que no eres quién necesito, mas tus caricias y el viento me lo desmienten.

Día tres

Justo pensé en llamarle cuando ella me llamó. Lo demás han sido risas, sol, cloro, pasear, ir de cañas, cenar fuera, volver derrotado a casa y ver tres capítulos de esa serie que no prometía nada en absoluto y que creo que es lo mejor que he visto en mucho tiempo.

Ah, sí. Le he contado por fin a alguien lo que hice. Al de siempre. Al que todo le cuento. También he perdido las ganas de verla. Creo que en el fondo ni ella ni yo nos necesitamos ya. Fue bonito rememorar lo mejor para quedarnos con ello para siempre. Resulta que es cierto que a nadie le gusta irse enfadado a dormir; y que es mejor no hacerlo.

Hasta siempre princesa.

Día uno

Este sábado un dj salvó mi vida. Hacía mucho que no sentía la magnificencia del que no necesita nada más de lo que ya tiene. Puede que no importe tanto que Michael Jackson haya muerto si sus canciones vuelven por fin a las pistas de baile y la gente las siente de verdad en lugar de intentar emular sus pasos con ocho copas de más.

Sonreír no cuesta casi nada mientras bailas y además se sonríe mucho más.

Mucho se podría decir de aquel mensaje. Que llegó una semana tarde. Que lo leí al instante. Que nunca lo contestaré… Que no lo borré. Y que, con toda certeza, lo volveré a leer.

¿Dónde van los mensajes que no enviamos? Quizás a un limbo cercano del que depara a los besos que no se han dado.

El sábado bailamos como si lo fueran a prohibir y, por un momento, dejé de pensar en todo aquello que me persigue mientras me desgañito las piernas y los brazos en alcanzar ese horizonte en el que se supone que uno es feliz.

Estarás contenta.

Me he dado cuenta de que hay mucho que decir como para dejar que esto muera.

Mientras me detengo a escribir ese maldito horizonte inalcanzable también se frena. Como diciendo “cuando dejes de escribir seguimos. Cójeme si puedes”. Venga.

Entre trenes de Renfe te tendré y me detendré

Explota el coche y toca caminar. Se asemeja a vivir en una isla desierta durante meses y volver instantáneamente a la civilización en nube mágica.

Hoy en el tren todos iban (íbamos) solos. Dormidos. Tristes. Cansados. Molestos…

Vagones repletos de personas que son burbujas dentro de un mismo vaso. Sigue sin haber nadie que le dé un trago.

Nadie habla. Hay quien lee, hay quien deja el cerebro en reposo… quien, como yo, se recluye a unos cascos con algunos remixes de The killers y otros tantos de Madvillain… Lo que sea para un lunes que es martes, porque también trabajé ayer por la tarde.

De su sonrisa no sé. No vino cuando dijo ni respondió a mi mirada. Lástima de esperanzas dadas por las personas. Mi cuaderno y yo lo sabíamos pero de qué sirve la alegría cuando es alegoría de la nada…

Hoy en este tren no veo tu cara. Pienso en qué escribir mientras tecleo. A las gentes de mi alrededor a veces les da por espiarme. Yo ya no tengo ganas de casi nada que no sea escribir a escondidas entre reglones de periódico.

Me alegra ver cómo los demás mejoran. Me distrae por un rato de mirarme a mí mismo. Y es que había olvidado que los trenes, además de gente, tienen cristales y reflejos que dañan y engañan. No me esperes levantada en el andén de casa. Ya pasó, y lo que pasa una vez ya no pasa.

“Por la mañana miré hacia el Sol cegador… y vi la vida mejor y no me gustaba… No me gustaba”.

Cartas al alma

Podríamos darnos dos besos, fingir que no ha pasado nada y obviar tantos y tantos días sin vernos. ¿Qué es lo que has hecho? Lo sé. Mucho que no contarás y que apilarás en la estantería de tus silencios. Yo hice algunas y otras… pero eso es todo y lo guardo entre mis cuadernos. Nadie se pispa de nada si yo me encierro.

Nos miramos y sonríes. Si, después de tanto tiempo juntos, separarse no cuesta tanto, mucho menos supondrán estás miradas. Pueden pisarse los meses y nada cambia. Pueden pasar cinco años… mas no dejamos que ocurra. Sin tiempo: nada.

He añorado tus lágrimas. Sin ellas no hay brillo ni agua, ni en mis recuerdos tan secos ni en mis pisadas. No te imaginas… la de tardes funestas que he diseñado. Las tonterías más vacías que me tuve que comprar para dejar de pensarte y de cruzar sin mirar. No quiero líos. Ni trampas de esas con las que alarmase. Puedo pensar por los dos y tú besar por quien fuese, que yo no pienso en nadie mientras él besa a quien puede. ¿Y tú a quién besas? Tengo marcas en el cuello pero tus labios no sellan. Franquean destinos ocultos de ida y vuelta.

Mártir de un compás arrítmico. A veces tengo un miedo horrible de escribir lo que no debo cuando mi manos teclean dos palabras por delante de mi cerebro. Ellas piensan y yo leo. Curiosa estampa. Después de un cielo escribiendo… llega el infierno en goteras, y no hay barreño ni suelo que las rerviente.

Al menos ahora sonrío. Ella me abraza desnuda y mi alma observa desde el techo lo que hemos hecho en las sábanas de mi cama. Ella no es justa. Ella dice que me quiere. Mas mi alma valiente no sabrá si disfruta, pero la muy puta ni se asusta ni retrocede. Tampoco riega mis plantas ni mucho menos revisa mis deberes.

Hace ojos sordos al tacto. Como un cigarro que explota, no tengo fuego capaz de devolverme. Podría borrar todo esto pero el hablar con mis dedos no es evitable ni nada en que se te aprecie. Puedo calmar mis adentros con cosquilleos internos e indeseables, mas nada quiero de aquello ni de tus bailes.

Mis ojos beben señales subliminales y mi garganta, puñales. Tantos, que a veces la espalda se me atraganta. Mi alma mira sus pasos mientras escala peldaños que nadie alcanza. Pero una sombra me aupa mientras me abraza. Desde lo alto te observo mientras te acuestas a oscuras con los pedazos de un alma que ni deseo. Creo que aún estás a tiempo de maquillarla, quererla y enterrarla como hicieron todas esas que la mataron.

Simplemente no me llames cuando no quieras oírme y me tendrás a tu lado cuando me extrañes.

Día cuatro

Supongo que ya está. Día cuatro. He cumplido con creces el castigo. Dentro de tres días podré decir que he terminado lo que me propuse y podré sonreír tranquilo. No sé qué pasará mañana, ni el domingo, pero vivir las preguntas es un vicio que estoy dispuesto a dejar al menos un tiempo. Quiero ser feliz por una vez. Quiero dejar de huir corriendo.

Basta ya de no dormir, pensado en los pliegues de un cuaderno perdido que ni pedi ni me merezco, pero que se me clava en la espalda cada vez que me muevo en la cama. Cada vez que me destapo de las sábanas. Entra en mi carne como un cuchillo mientras hago que duermo. Me taladra el cerebro hasta dentro. Ya está bien de trabajar para no pensar en cómo vivir mejor este jodido desconcierto.

He necesitado tres meses. Uno para mirarle a los ojos. Otro para escribirle. Y un último para quedar con ella.

Mi alma estaba cansada de esperarme. Bajo esos rizos respira la sonrisa más preciosa que jamás haya visto. Algo me apodera por dentro cuando son mis palabras las que la provocan. Quiero sentirla en mis dedos, en mis labios… Quiero creer en un cielo y que me diga que es un ángel. Mi alma cancela los viajes pero me mece los aires con suaves tonos canela. Qué bien que así duermo.

Quiero ser brisa en sus bailes. Vivir cien vidas enteras. No importa que no sean realidades. Me bastan lugares virtuales, mientras mi mente los crea…

Desde otro punto. Puedo comer lluvia por piezas. Se sirve en bolas de arroz palmeadas por hadas de crema. Y me conformo. Con sonreír virulencias. Marcan tendencia sus pasos, sus bailes y sus andares por los balcones del iris que guardo entre mis latencias.

Qué gran disgusto. Puedo dictar cien tapices. Y las paredes se ocultan y dejan de ser murallas que traman cien aventuras para dejar de sentirte.

Las manos juntas. Haciendo que se distraen… mientras seducen las puntas de rizos interminables buscando acaso unas cejas, nariz, labios y lunares…

Se acabó el mundo. Al menos el que creaste. Ya puedo dormir tranquilo sin miedo a que me apuñalen los pensamientos oscuros que alguna vez me implantaste. Ella me abraza desnuda.

Mi alma es justa y lo sabe.

Mi cuadratura

Esa noche me propuse cerrar un círculo. Se parece al surco que dejan las tazas de café en los cuadernos y las hojas. No escribí ningún nombre dentro, pero era un comienzo. Hace siete años le daba al play de un reproductor de VHS para ver Los amantes del Círculo Polar. Antes, tuvimos que ir al videoclub y vivir mil y una sensaciones. Con pesar, sólo recuerdo cientos de ellas.

Es cierto que las cosas han cambiado. Esta vez quise cerrar el círculo y no tuve más que escribir el título de la película en Google con la palabra “online” para poder verla. Agarré una manta, la shisha, un vaso de agua y me fui al salón.

Sabía que iba a escribir. Quería escapar de los lugares comunes. Escribir en la cama no me hubiera dejado completar el círculo. Hoy quería ir más allá de las mantas, las ventanas, las sábanas y las gotas de agua que se condensan en las persianas. Quería escapar de verdad.

No pude terminar la película. Tampoco la shisha. Nunca sabré si eso fue porque no quise ver el final o porque la necesidad de escribir era mayor a las ganas de llorar. Me encanta que haga frío.

Con 17 años todo se apreciaba de un modo distinto. Me alegro de haber despertado esta parte de mí que permanecía dormida. Cuando escribí estas líneas entonces supe cuáles eran mis verdades y cuáles mis mentiras. Ordené las culpas por categorías.

Ahora ya no tengo miedo. Yo te voy a querer siempre. Y si se acaba la gasolina me muero.

“Conseguí sacarle jugo a mis defectos y me va mejor desde que dejé de odiarlos”. Soy el reflejo de mi realidad en persona.

Todo cobra sentido. Ayer aterricé de bruces frente a un árbol nevado, aunque no me morí. Me rescataron del suelo y me acunaron. Mi nombre no se lee igual al revés y al derecho, pero lo que mata no es la bala, es el agujero en el pecho.

Bien. Se cerró el círculo. Ahora sólo busco dos ojos negros sobre una sonrisa, a poder ser con un gorro enorme de lana gruesa encima. Y el abrazo de sus manos.

Círculo cerrado. Dos horas hablando en la noche. Dijo que no quiere verme triste. “No mires”, le dije.

Supongo que ya todo ha cambiado.

Digo yo

No supe qué decir y me fui. Últimamente pienso demasiado en los sentimientos que surgen mientras conduzco. Quizá sea porque es el único momento en el que de verdad me detengo y reflexiono.

Siempre me ha fascinado eso de desplazarse sin mover un dedo. Supongo que puedo dejar los sentidos en piloto automático y por fin pensar. Lástima de lo que viene detrás.

Es cierto. Compré una pelota de baloncesto hace tres semanas y no he sido capaz de estrenarla. Mi cuerpo cansado tiene dormido al cerebro. La lluvia y el viento de este tiempo han servido para que mis ojos se alíen con las persianas y mis piernas no quieran más que estar en casa en pijama.

Lástima de libros leídos sin ganas.

Mi mente aprovecha. Al menor resquicio de fuerza por parte de mi cuerpo, va corriendo a ver qué traman mis amigos y me obliga a cocinar, charlar o dormir tranquilo…

Vivo en dos Españas.

La pelota se está desinflando. Ojalá las promesas de la noche fueran vinculantes con el sol y las persianas. Quiero un tribunal del alma que me saque de la cama por la mañana. Quiero dejar de trasnochar porque la soledad, con frío y silencio, mejor se pasa.

Mis labios se venden. Mis ojos se alquilan. Mis manos se traspasan.

Tengo una manta preciosa que no abriga pero que oculta otra horrible que funciona como ninguna. Y me cuidan.

A veces desearía que la planta con la que duermo me hablara. Otras me alegro de que el lazo no supere el tener que regarla.

Creo que mi lámpara tiene forma de sol y de luna para no tener la necesidad de ver nada más allá de la ventana, que permanece casi siempre cerrada. Como si sólo se abriese por fuera y yo no pudiera hacer nada.

Tengo varias opciones en mente pero ninguna me fascina.

Que me tiren del brazo y me sonsaquen qué tal estoy, no estaría del todo mal si sé qué pasa.

Si no, supongo que será mi pequeña ruina escondida.

Pijamas, mantas, libros y tonterías.