"Pídeme lo que quieras, excepto información"

 

February 2009
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Archive for February, 2009

Mi cuadratura

Esa noche me propuse cerrar un círculo. Se parece al surco que dejan las tazas de café en los cuadernos y las hojas. No escribí ningún nombre dentro, pero era un comienzo. Hace siete años le daba al play de un reproductor de VHS para ver Los amantes del Círculo Polar. Antes, tuvimos que ir al videoclub y vivir mil y una sensaciones. Con pesar, sólo recuerdo cientos de ellas.

Es cierto que las cosas han cambiado. Esta vez quise cerrar el círculo y no tuve más que escribir el título de la película en Google con la palabra “online” para poder verla. Agarré una manta, la shisha, un vaso de agua y me fui al salón.

Sabía que iba a escribir. Quería escapar de los lugares comunes. Escribir en la cama no me hubiera dejado completar el círculo. Hoy quería ir más allá de las mantas, las ventanas, las sábanas y las gotas de agua que se condensan en las persianas. Quería escapar de verdad.

No pude terminar la película. Tampoco la shisha. Nunca sabré si eso fue porque no quise ver el final o porque la necesidad de escribir era mayor a las ganas de llorar. Me encanta que haga frío.

Con 17 años todo se apreciaba de un modo distinto. Me alegro de haber despertado esta parte de mí que permanecía dormida. Cuando escribí estas líneas entonces supe cuáles eran mis verdades y cuáles mis mentiras. Ordené las culpas por categorías.

Ahora ya no tengo miedo. Yo te voy a querer siempre. Y si se acaba la gasolina me muero.

“Conseguí sacarle jugo a mis defectos y me va mejor desde que dejé de odiarlos”. Soy el reflejo de mi realidad en persona.

Todo cobra sentido. Ayer aterricé de bruces frente a un árbol nevado, aunque no me morí. Me rescataron del suelo y me acunaron. Mi nombre no se lee igual al revés y al derecho, pero lo que mata no es la bala, es el agujero en el pecho.

Bien. Se cerró el círculo. Ahora sólo busco dos ojos negros sobre una sonrisa, a poder ser con un gorro enorme de lana gruesa encima. Y el abrazo de sus manos.

Círculo cerrado. Dos horas hablando en la noche. Dijo que no quiere verme triste. “No mires”, le dije.

Supongo que ya todo ha cambiado.

Hastaotra.com


Los últimos días de ADN.es | Hastaotra.com from Adriano on Vimeo.

Somos los que hacíamos ADN.es. Nosotros, los que aparecemos en la lista, y vosotros, los que nos leíais y ayudabais con comentarios, votos y pistas. No nos han dejado despedirnos ni agradecéroslo en el lugar en el que hemos estado escribiendo más de un año y medio, pero no queríamos dejar de hacerlo: ¡Muchas gracias!

Os extrañará seguir viendo que la web aún funciona. A nosotros también. Cuando nos despidieron a todos, nos dijeron que era porque ADN.es se acababa, pero…

A partir de ahora podréis encontrarnos en otros sitios. O a lo mejor se os ocurre que podemos ayudaros con algo. Estamos disponibles.

Hasta que nos volvamos a encontrar, muchas gracias. Y hasta otra,

El equipo de ADN.es

Digo yo

No supe qué decir y me fui. Últimamente pienso demasiado en los sentimientos que surgen mientras conduzco. Quizá sea porque es el único momento en el que de verdad me detengo y reflexiono.

Siempre me ha fascinado eso de desplazarse sin mover un dedo. Supongo que puedo dejar los sentidos en piloto automático y por fin pensar. Lástima de lo que viene detrás.

Es cierto. Compré una pelota de baloncesto hace tres semanas y no he sido capaz de estrenarla. Mi cuerpo cansado tiene dormido al cerebro. La lluvia y el viento de este tiempo han servido para que mis ojos se alíen con las persianas y mis piernas no quieran más que estar en casa en pijama.

Lástima de libros leídos sin ganas.

Mi mente aprovecha. Al menor resquicio de fuerza por parte de mi cuerpo, va corriendo a ver qué traman mis amigos y me obliga a cocinar, charlar o dormir tranquilo…

Vivo en dos Españas.

La pelota se está desinflando. Ojalá las promesas de la noche fueran vinculantes con el sol y las persianas. Quiero un tribunal del alma que me saque de la cama por la mañana. Quiero dejar de trasnochar porque la soledad, con frío y silencio, mejor se pasa.

Mis labios se venden. Mis ojos se alquilan. Mis manos se traspasan.

Tengo una manta preciosa que no abriga pero que oculta otra horrible que funciona como ninguna. Y me cuidan.

A veces desearía que la planta con la que duermo me hablara. Otras me alegro de que el lazo no supere el tener que regarla.

Creo que mi lámpara tiene forma de sol y de luna para no tener la necesidad de ver nada más allá de la ventana, que permanece casi siempre cerrada. Como si sólo se abriese por fuera y yo no pudiera hacer nada.

Tengo varias opciones en mente pero ninguna me fascina.

Que me tiren del brazo y me sonsaquen qué tal estoy, no estaría del todo mal si sé qué pasa.

Si no, supongo que será mi pequeña ruina escondida.

Pijamas, mantas, libros y tonterías.

Esquinas dobladas del libro

“No tuve más remedio que meterme en la cama. Y me acosté. Pero tomé la decisión de dejar abiertos los postigos. Porque no hay nada más hermoso que ver una estrella sorprendida y fija dentro de un marco. Una. Las demás hay que olvidarlas”.

  • · Poemas en prosa, Federico García Lorca.

El principio de algo

Entras en la web de Spotify, te registras, descargas el programa y, como en el mismo iTunes, buscas el artista y le das al play.

Para la mayoría es sencillo: Música gratis (muchísima, para más inri) y además legal, aparentemente, y sin ningún tipo de efecto secundario.

Y así es. Salvo para algunos, que todavía nos preguntamos dónde está el negocio (si es que lo hay).

Pero la verdadera revolución no es de libertad. Ni siquiera de acceso. El cambio no radica en poder alcanzar gratuitamente toda la música (o casi toda, tiempo al tiempo) que se busque con Spotify. El cambio no es lo que se oferta.

Es un auténtico punto de inflexión en el formato. ¿Por qué? Porque no existe. No hay.

El usuario accede a un menú inmenso de música que ni siquiera él puede ver desde fuera. Nadie sabe, salvo los que han creado la aplicación, cuántas canciones son accesibles desde Spotify. El usuario teclea y, con suerte, aparece lo que busca.

Lo que escuchas no se descarga en tu ordenador. Todas las personas que escuchan Gary´s Theme de Bill Evans, como está sonando ahora en en el mío, están escuchando el mismo archivo que yo y, ni ellos ni yo, guardamos un sólo bit de nada. Nada que no sea cualquier historial de navegación.

El formato de esa canción es igual de desconocido. Presumiblemente sea Mp3, pero nada impedirá en el futuro escuchar música en streaming en calidades superiores. Todo depende del ancho de banda.

Ignoro de dónde sale el dinero y los derechos que posibilitan esta aplicación. Ignoro cómo se financia. Pero es sin duda el mayor “avance”, si es que de verdad la industria discográfica avanza, desde el Mp3.

A mí me ha impresionado en más de un sentido. ¿Y si resulta que es cierto que el futuro de la música pasa por formar un archivo universal al que acceder desde nuestros ordenadores o teléfonos móviles?

¿Esto es reversible de algún modo?

Mal tempo

Cuántas veces puedo escribir algo para imaginar que lo lees. Para dibujar mentalmente tus ojos mientras lo miran. “Ayer soñé que te decía que te quería, igual soñaste que lo oías…”

El calor duerme. Puedo taparme mil veces para no verte y, aunque el tejado no cala, valoro los pros y contras y no convence. Cada minuto que pasa más me transpiro… sobre las tejas mentiras que dibujaste… hasta las cejas de envidias que te enfermaron… da igual. Pasado es pasado, que dijo Ugarte.

Puedo creerte. Tengo líneas tan sinceras que llorarías. Tengo palabras, instantes y estanterías. Vivo entre cuadernos, no te imaginas lo que guardo dentro. Instancias llenas de jarrones con mercromina, con floresponjas azules y mandarinas.

Y te reías. Cuando cantabas en alto las sintonías, y susurrabas al suelo sin más sincero atractivo que el que mantuvo algún tiempo tus fantasías.

Terminé pronto. La lluvia desafina sin vida… Dentro, abrazo tu cuerpo como a mi almohada, y todo ritmo emitido fue censurado por miedos, mantuvo besos y celos del cuerpo al alba.  Tengo los ojos hinchados. Tengo los labios de escarcha con mermelada. Puedo calmar lo que siento pero niego a escuchar lo que te plazca.

Y nada cambia. En la sabana las sábanas, en la cortina las mantas, y en la mesilla dos velas casi apagadas. Tengo un latido dormido y el otro, amigo del frío, se me atraganta. Por eso ya no me fío ni creo en ciscos ni circos aunque me coman lo bichos de madrugada.

Este texto es infinito. Puedo dejar de escribir, mas cada línea me sigue en la distancia. Llego a mi cuarto convicto y creo un cóctel mezclado con las espinas del vino que te desangra. Son las semillas del fruto que cae muerto del guindo justo en el día que prescindo de tus desgracias.

Arranco el coche despacio, pero el cambio es tan brusco que con cristales tan sucios todo se empaña. Llueve por fuera y por dentro mas nada cambia. Vivo y conduzco en un mundo en el que por mucho que llore nadie se extraña.

Busco estrellas en la constelación de tus lunares.