Día cinco
No sé dónde leí que los olores son el principal ‘levanta muertos’ para los recuerdos perdidos que se encuentran hacinados en la cabeza. Es cierto.
Uno puede haberse subido cientos de veces a un coche, pero la máquina siempre se reserva un aroma para las ocasiones especiales: los viajes. Padres delante, infantes detrás; la verdad es que dejar las maletas y acto seguido sentarse en el cuero implica un olor muy distinto. Distinto a las otras tantas veces que se ha lanzado el trasero en el asiento. Huele a vacaciones en el mar, eso sí, a lo lejos. Ahora mismo huele a caravana en la autopista.
Ya en la arena se respira la sal y más recuerdos afloran desde este infierno. Hoy el paladar se despertó con zumo de naranja y se acuesta con el mismo sabor a dentífrico cada noche. Mas la nariz es nómada en sentimientos. Incluso esta pasta de dientes que nos espera con el tubo medio oxidado en el lavabo, la que nadie ha tocado desde las últimas vacaciones, sabe igual, pero huele distinto. Quizás, la sal. Quizás, quizás.
Suerte que los recuerdos afloran sin avisar al respirar.
En la ciudad ningún pulmón se atrevería a hacerlo profundamente, pero la de recuerdos que se esconden en el inhalar merecen pensar que son sólo unos pitillos. Merece la pena.
Sencillo. Como cuando uno siente que se va a marear. Eso es que vienen recuerdos. Como las curvas. Sin miedo. Cierra los ojos, los puños, blanquea la mente y respira sin más.
Posted: July 17th, 2009 under Cajón desastre.
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