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Archive for July, 2009

Día cinco

No sé dónde leí que los olores son el principal ‘levanta muertos’ para los recuerdos perdidos que se encuentran hacinados en la cabeza. Es cierto.

Uno puede haberse subido cientos  de veces a un coche, pero la máquina siempre se reserva un aroma para las ocasiones especiales: los viajes. Padres delante, infantes detrás; la verdad es que dejar las maletas y acto seguido sentarse en el cuero implica un olor muy distinto. Distinto a las otras tantas veces que se ha lanzado el trasero en el asiento. Huele a vacaciones en el mar, eso sí, a lo lejos. Ahora mismo huele a caravana en la autopista.

Ya en la arena se respira la sal y más recuerdos afloran desde este infierno. Hoy el paladar se despertó con zumo de naranja y se acuesta con el mismo sabor a dentífrico cada noche. Mas la nariz es nómada en sentimientos. Incluso esta pasta de dientes que nos espera con el tubo medio oxidado en el lavabo, la que nadie ha tocado desde las últimas vacaciones, sabe igual, pero huele distinto. Quizás, la sal. Quizás, quizás.

Suerte que los recuerdos afloran sin avisar al respirar.
En la ciudad ningún pulmón se atrevería a hacerlo profundamente, pero la de recuerdos que se esconden en el inhalar merecen pensar que son sólo unos pitillos. Merece la pena.

Sencillo. Como cuando uno siente que se va a marear. Eso es que vienen recuerdos. Como las curvas. Sin miedo. Cierra los ojos, los puños, blanquea la mente y respira sin más.

Día cuatro

Y entonces voy y lo estropeo diciendo algo estúpido como “qué pensaste cuándo…”, sin ser Sinatra. Ahora es cuando mi fe, en lo que creo que provoco, poco o nada se parece a lo que ocurre cuando viniste con esa sonrisa.

Por qué viniste. Quiero saberlo. Podía haber sido de otra manera pero la lluvia alteró el marco y se volvió perfecto. Lo que quisiste hice. Lo que quise se hizo. ¿Tú qué hiciste? Las respuestas deberían llevar marcas de colores para no ser mal alimentadas con sensaciones ocultas.

“Voy a verte” en azul no es lo mismo que “quiero verte” en verde.

Quererte es un arcoiris con toda la gama gris. Lo mejor de quererte no es tenerte, es conseguirte; y lo mejor de conseguirte… quién sabe.

Estoy rodeado por un desorden organizado. Meticulosamente desatendido para tener el atractivo justo con el aroma necesario. Lo que sea con tal de parecer independiente y ser aquel en el que reside un vacío de desamparo y necesitasidad edulcorados. Como un gato hambriento y desaliñado que pasa sin mirarte e indiferente por tu lado, mientras comes pescado crudo servido en pequeños bocados.

Si me respondes y vienes, qué significa.

Si estás 10 horas conmigo, qué te conmueve.

Si tienes brazos y frío, qué te detiene.

Si finjo no estar contigo, quién me alimenta.

Puedo finjir diez mil veces que no eres quién necesito, mas tus caricias y el viento me lo desmienten.

Día tres

Justo pensé en llamarle cuando ella me llamó. Lo demás han sido risas, sol, cloro, pasear, ir de cañas, cenar fuera, volver derrotado a casa y ver tres capítulos de esa serie que no prometía nada en absoluto y que creo que es lo mejor que he visto en mucho tiempo.

Ah, sí. Le he contado por fin a alguien lo que hice. Al de siempre. Al que todo le cuento. También he perdido las ganas de verla. Creo que en el fondo ni ella ni yo nos necesitamos ya. Fue bonito rememorar lo mejor para quedarnos con ello para siempre. Resulta que es cierto que a nadie le gusta irse enfadado a dormir; y que es mejor no hacerlo.

Hasta siempre princesa.

Día dos

Hoy me han venido a la cabeza dos verdades: escuchar música o bailarla despierta las ganas de componer, así como leer despierta la necesidad de escribir. Son verdades de letras. No son demostrables como las de ciencias, pero son verdad.

“Mis hermanas siempre han dicho que soy raro. (…) Y lo dicen mis amigos y las mujeres de mis amigos. En Nueva York me sentía como en casa porque todo el mundo me parecía raro, más raro que yo”.

“Sacks al final me rogó que evitara en lo posible la palabra locura. “Yo prefiero hablar de disfunciones neurológicas -dijo-. A veces tienen el mismo efecto positivo que puede tener el dolor: hacen a quien las sufre más lúcido, más consciente de sí mismo. Podría decirse que no difuminan la identidad, sino que la refuerzan, aunque, como el dolor, también pueden tener un efecto destructivo y anular a quien las padece”.

Historias de Nueva York, Enric González.

P.D. Sí, me estoy preparando para mi gran viaje. (Sí, con libros).

Día uno

Este sábado un dj salvó mi vida. Hacía mucho que no sentía la magnificencia del que no necesita nada más de lo que ya tiene. Puede que no importe tanto que Michael Jackson haya muerto si sus canciones vuelven por fin a las pistas de baile y la gente las siente de verdad en lugar de intentar emular sus pasos con ocho copas de más.

Sonreír no cuesta casi nada mientras bailas y además se sonríe mucho más.

Mucho se podría decir de aquel mensaje. Que llegó una semana tarde. Que lo leí al instante. Que nunca lo contestaré… Que no lo borré. Y que, con toda certeza, lo volveré a leer.

¿Dónde van los mensajes que no enviamos? Quizás a un limbo cercano del que depara a los besos que no se han dado.

El sábado bailamos como si lo fueran a prohibir y, por un momento, dejé de pensar en todo aquello que me persigue mientras me desgañito las piernas y los brazos en alcanzar ese horizonte en el que se supone que uno es feliz.

Estarás contenta.

Me he dado cuenta de que hay mucho que decir como para dejar que esto muera.

Mientras me detengo a escribir ese maldito horizonte inalcanzable también se frena. Como diciendo “cuando dejes de escribir seguimos. Cójeme si puedes”. Venga.