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Archive for March, 2010

Leer al caminar

Madrid, Dublín, Nueva York y Tokyo. Lugares comunes como lo puedan ser el viento, la lluvia o el tiempo. Lugares de los que no se puede escapar. Ahora hoy, era plenamente consciente de la existencia de músicos tan celebérrimos que eran musa e inspiración para otros músicos; pero poco más. Sabía también de un tipo de periodismo que casi nadie puede llegar a apreciar si no se es periodista. Lo que de un tiempo a esta parte temía profundamente era encontrar también escritores que sólo pudieran sentirse de verdad cuando se escribe por necesidad. Ahora temo haberlo encontrado.

Ayer me daba dos besos de despedida y un ligero abrazo a las puertas del pub irlandés James Joice de la calle de Alcalá. Llegar allí fue pura casualidad no planeada. Regresar a casa leyendo mientras caminaba fue, por otra parte, una casualidad más que deseada, aunque no muy afinada al ser tan de noche.

Caminar al leer o leer al caminar implica dos cosas: una, tener casi toda tu mente concentrada en las líneas mientras se mantiene la menor parte posible, pero siempre la suficiente, en los obstáculos y el atrezo urbano; y dos, en caso de hacerlo de noche, buscar las aceras mejor iluminadas; algo irónico cuando en realidad llevas toda la vida buscando los mejores y más oscuros callejones. Esos que te llevan cuanto antes a casa.

Una parte de mí hubiera preferido caminar deprisa y llegar lo antes posible para poder leer tranquilamente en la cama. Quizá esa parte no contaba con que al llegar seguramente brotaría de nuevo el deseo de escribir.

Suerte que cada día presto más atención a esa parte de mí que opta por cambiar las pequeñeces sin importancia y se centra en las palabras que de verdad merecen la pena leer. Suerte que cada día pierdo un poco más el miedo a escribir y descrubir, cuando tecleo el punto final, que todo eso que quería decir lo hubiera preferido leer de otros dedos que no fuesen los míos.

Suerte que hoy leí al caminar.

Esquinas dobladas del libro

” Ya en la calle Aribau, mientras entra en un taxi, descubre que no tardará en llover. Había pensado que tras la gran tormenta remitiría la lluvia. ¿Y si lo comenta con el taxista? Espera que no sea como un taxista portugués, algo shakesperiano, que encontró en Lyon, el más teatral de los taxistas del mundo.

- Va a caer todavía más lluvia.
Por el momento, teme que el taxista le conteste como un personaje de Macbeth y le dé la famosa réplica:
- Déjala que caiga.

Pero no siempre, por no decir nunca- encuentra uno en Barcelona taxistas que hablen como personajes de Shakespeare.
-Ni que lo diga- contesta el hombre”.

· Dublinesca, Enrique Vila-Matas.

Un cuaderno en Nueva York (V)

La gente se agolpa en Washington Sq. pero nadie sobra. Algunos nos aventuramos a los espacios secos que se adivinan en los peldaños de su fuente: ocho explosiones de agua que dejan entre ellas ocho huecos donde apreciarlas.

Como siempre, diez minutos parecen más que suficientes.

La prisa corre por las venas de los neoyorquinos como un tren de metro alocado. Nadie reposa ni descansa. Se sienta, contempla y anda.

Las gotas a veces llegan hasta el cuaderno. La tinta juega con ellas.

La gente viene, mira y se pira.

Entre nubes y claros, una chica preciosa se inclina a ‘lavar’ sus manos en la fuente. Es para que la miren. Todos miramos. Los demás se van. Yo me quedo mirando. La chica se va.

Me quedo pensando.

Chun-li

Hoy he bajado al parque con Chun y la cámara de fotos. Ha sido divertido.

Tuberías

Te golpeas un dedo del pie con el quicio de la puerta y        lo pagas con quien no debes. Te miras al espejo de perfil mientras sujetas tu barriga. Te           prometes hacer ejercicio mientras masticas algo que calme el hambre. Oyes el móvil. Alguien       que te quiere te necesita pero sólo quieres estar solo. Deseas algo de alguien que no puede         darte ni podrá darte. Recuerdas ese día en el que mentiste a quien no debías y ahora         la verdad no es en absoluto como imaginaste que seria cuando te prometiste que lo        contarías. Hablas solo. Hace meses que no escuchas. Barres bajo la alfombra. Tiras las          migas al suelo. Te vistes sin ganas mientras miras el montón de ropa que sabes que debes          ordenar. Nunca encuentras tiempo. Te odias por no conseguir nada de lo que deberías        mientras vives feliz por haber conseguido lo único que querías. Escribes cuando nadie mira       pensando en lo feliz que te haría que lo vieran todos. Suspiras por dentro. Te arropas el alma    .      Miras el móvil cuando no suena. Miras la hora; ni puta idea de lo que queda. Pasa el     tiempo     . Tú también pasas. Llega un momento en el que te percatas de que habías olvidado algo pero decides volver a olvidarlo porque en el fondo del todo está ese algo que te la suda. Vuelves a pensar en ello. Vuelve ese odio que te atormenta. Notas ese ardor de estómago. Escuchas ruido ahí fuera. Te mantienes dentro. Te acuestas. El dedo ya no duele tanto. Se calma el tiempo y se calman las horas. Ahora todo es negro. Duermes. Despiertas. Recuerdas lo que olvidaste. Sabes que ya jamás podrás olvidarlo de nuevo. Tienes el dedo morado porque ayer te golpeaste. No te importa. Te duchas. Te secas. Te vistes. Comes algo. Coges las llaves y te largas en coche. Conduces rápido porque sabes adonde vas. La carga sigue contigo. No puedes dejar de escapar y sigues. Escribes. Vuelves a descansar. El agua resbala fría entre los dedos. Te gusta ese líquido. Sin más. Se mantiene contigo mientras huye y corre. Recuerdas esa sonrisa. El sentido regresa a su punto de origen. El dedo del pie es un poco más fuerte. Esperas que alguien reaccione. Sabes que no te gustará que te pregunten por ello. Silencio. Goteras. Óxido. Hierros. Escarcha. La cursiva es femenina.

¿Sabes? Dicen que es bueno tomar el aire. No todo puede ser agua. Tú verías.

Personas

Hoy he visto sonreír a una compañera gracias a la felicidad de alguien. Como los bostezos, va a ser verdad que ser feliz se contagia. Ana era feliz porque Gloria, la azafata de Iberia que vive con once drogodependientes, había recibido varias donaciones gracias a su artículo.

Gloria era feliz por recibir de alguna forma el calor de la gente que, aunque no la conoce, de algún modo quieren que ella y su causa sigan su curso. Yo era feliz por ver feliz a Ana; pero todo se quedó en mí.

La historia de Gloria era merecedora de terminar en un libro, más que en un artículo. Aunque gracias a las líneas escritas por el momento Gloria saldrá por la tele. Quizá sea verdad que el papel requiere otros tiempos.

Al pensarlo surgió en la mente aquel poema que escribió la periodista de The New York Times, Tina Kelley , y sobre aquello de lo afortunados que somos los periodistas por poder presenciar la vida en primera fila. Yo estuve con Ana en esa casa y pude conocer, ver y oler las historias que se apilaban en sus literas y las estanterías. Vi con mis propios ojos que es posible acoger a once toxicómanos de la calle y formar un hogar.

Escuchas. Preguntas. Anotas. Haces fotos. Te emocionas. Descubres. Lloras… El problema viene cuando llega la hora de ir a casa y ya no quedan historias que contar; y que tapen eso en lo que hace tiempo que no te permites pensar. Dichosa felicidad.